Contraloría advierte: plantas de aguas servidas operan sin autorización y con descargas fuera de norma

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El 11 de septiembre, la Contraloría General de la República informó que cinco plantas municipales de aguas servidas operaban sin autorización sanitaria en María Pinto, Isla de Maipo y Melipilla. La noticia podría leerse como otro episodio de incumplimientos administrativos. Sin embargo, los antecedentes incluyen descargas fuera de norma, problemas de operación y fallas de fiscalización. Sus implicancias van más allá de las instalaciones. En María Pinto, las aguas del Estero Puangue siguen su recorrido y se utilizan aguas abajo para riego agrícola.

La confianza en el saneamiento

Cuando tiramos la cadena o vaciamos el lavaplatos, el agua desaparece de nuestra vista. Confiamos en que existe un sistema capaz de hacerse cargo de ella. Esa confianza sostiene una parte esencial de la vida en comunidad. Pero ¿en qué momento consideramos cumplida esa responsabilidad? ¿Cuando el agua sale de nuestras casas, cuando llega a una planta o cuando comprobamos en qué condiciones vuelve al territorio?

Aunque las cinco plantas compartían la falta de autorización sanitaria, los demás hallazgos fueron distintos. En las tres de María Pinto se registraron, en diferentes ocasiones, excedencias de materia orgánica, medida como demanda bioquímica de oxígeno, y coliformes fecales. También se identificaron equipos fuera de servicio y ausencia de monitoreo periódico.

En Gacitúa, Isla de Maipo, se constató incorporación de agua que diluía las aguas servidas y alteraba las mediciones, además de conexiones que posibilitaban descargas sin tratamiento. Para Bollenar, en Melipilla, la comunicación destacó la falta de autorización y de inscripción del operador. La ausencia de un permiso no demuestra, por sí sola, que una planta no trate, pero tampoco permite pasar por alto las deficiencias operacionales documentadas en los otros casos.

Importancia de la dilución y medición

La dilución muestra por qué necesitamos saber cómo se obtienen e interpretan los resultados. Si mezclamos aguas servidas con agua limpia, podemos reducir la concentración de un contaminante sin eliminarlo. En una dilución simple, al agregar un litro de agua limpia a un litro de agua contaminada, la misma cantidad de contaminante queda repartida en dos litros. La concentración se reduce a la mitad, aunque el contaminante siga ahí. Por eso, una concentración más baja no demuestra por sí sola que el tratamiento haya mejorado. Para conocer cuánto contaminante se descarga también necesitamos medir el caudal y saber en qué condiciones se tomaron las muestras.

Lo que transporta esa descarga importa para el ambiente que la recibe. La materia orgánica biodegradable puede aumentar el consumo de oxígeno en un curso de agua y afectar a los organismos que dependen de él. Los coliformes fecales, por su parte, son indicadores de contaminación fecal. Una descarga fuera de norma no permite concluir automáticamente que los cultivos estén contaminados o que haya personas enfermas. Eso requiere evidencia específica sobre exposición y efectos. Pero tampoco necesitamos esperar a demostrar un daño sanitario para corregir incumplimientos y controlar las descargas.

En Horcón, las consecuencias de las fallas del saneamiento se hicieron visibles frente a las viviendas. En enero de 2026, aguas servidas escurrían por calles y sectores residenciales hasta la caleta. La Seremi de Salud confirmó deficiencias graves de tratamiento y escurrimientos hacia zonas habitadas y el borde costero. Para esas familias, el problema formaba parte de su entorno cotidiano. Tener una planta no había bastado para protegerlas.

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