Estados Unidos: la oscura herencia que empaña sus 250 años

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Estados Unidos se prepara para una conmemoración agridulce. Los 250 años de su independencia llegan en circunstancias que el país no puede celebrar de forma plenamente positiva, según un análisis histórico profundo.

Aunque la nación norteamericana exhibe logros innegables, como la ausencia de dictaduras, el respeto a la libertad religiosa, el notable desarrollo de la educación superior y la investigación científica, sus múltiples invenciones tecnológicas, su avance industrial, la creación de sistemas organizativos eficientes y una labor pionera en la “conquista del espacio”, estos hitos coexisten con características profundamente negativas.

Desde sus cimientos, el país se conformó como una república esclavista durante casi un siglo, un capítulo que requirió una feroz guerra civil para su fin. Posteriormente, transcurrió otro siglo de discriminación racial legal, acompañada de extrema violencia contra la población afroamericana en diversas regiones de su territorio.

A lo largo del siglo XIX, se desarrolló un genocidio implacable de su población indígena, una tragedia que fue glorificada en las décadas posteriores por las películas del “lejano oeste”. Dada la hegemonía del cine estadounidense, estas narrativas fueron ampliamente aplaudidas por generaciones de niños en todo el mundo.

Esta historia tuvo otra consecuencia grave: la exaltación desde sus inicios de la posesión y uso de armas de fuego como un derecho constitucional. La extrema violencia y duración de la “conquista del oeste”, junto a un profundo individualismo cultural, legitimaron el ejercicio de la violencia como un recurso permanente para cada ciudadano.

Todo ello ha condicionado una delincuencia más letal y persistente, manifestada en una enorme cantidad de muertes por el uso desquiciado de armas. Estados Unidos ha ostentado históricamente la mayor cantidad de presos a nivel mundial, tanto en términos absolutos como proporcionales. Además, ha registrado una considerable brutalidad policial, documentada reiteradamente por organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch, especialmente dirigida a los sectores más pobres y discriminados.

Otra faceta negativa reside en su sistema político. Pese a su formalidad democrática, ha evolucionado hacia una plutocracia, donde el peso del dinero de los más ricos ha sido crucial en las elecciones. Este problema se agrava por un sistema electoral que ha perpetuado a los mismos dos partidos políticos desde los albores de la república, impidiendo el surgimiento de formaciones que representen realmente a los sectores medios y populares del país.

Esta configuración ha permitido la prevalencia de un sistema económico-social marcadamente desigual e injusto, que genera graves perjuicios a una significativa porción de su población. Un ejemplo escandaloso, dada la riqueza del país, es la limitada posibilidad de acceso real a la atención de salud para muchos ciudadanos.

La situación se complejiza porque la sociedad estadounidense ha valorado culturalmente el individualismo y el materialismo de forma muy positiva. Es decir, el “éxito” individual y familiar en el plano económico ha primado sobre cualquier otra consideración. Esta priorización ha contribuido a potenciar la delincuencia, particularmente la de carácter económico, y ha condicionado diversas formas de corrupción.

Además, desde sus inicios, Estados Unidos se proyectó hacia el exterior como una nación expansionista, una dinámica que se mantuvo hasta principios del siglo XX y cuyas repercusiones aún resuenan hoy.

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