En enero de 2026, la ostentosa celebración del quinto aniversario del Servicio Local de Educación Pública de Atacama generó una ola de indignación. La imagen de una limusina, alfombra roja y una fastuosa banquetería en el casino de Copiapó contrastaba con el desolador historial de la institución.
Este servicio arrastraba una serie de desastres: un paro docente de 82 días en 2023 que afectó a 30 mil estudiantes, siete directores en cinco años, la pérdida de cerca de 4.800 matrículas desde 2022 y los peores resultados nacionales en la prueba de admisión universitaria durante cuatro años consecutivos.
Sin embargo, el verdadero problema no radica en el escándalo de la celebración, sino en una distinción fundamental que se ha perdido: la capacidad de diferenciar entre existir y cumplir una función. El servicio de Atacama, aunque real en su existencia y presupuesto, carecía de funcionalidad efectiva. Este no es un problema aislado de la región, sino un síntoma de una crisis más profunda en la educación chilena.
La crisis no se limita a problemas de financiamiento, deficiencias curriculares o los resultados de pruebas estandarizadas, aunque todos estos factores son importantes. La funcionalidad del sistema, en un sentido superficial, sigue activa: universidades abren, se imparten clases, se matriculan estudiantes y se pagan sueldos. De hecho, la educación chilena se posiciona como la mejor del subcontinente según la prueba PISA y sus universidades están entre la élite continental.
Pero la educación ha colapsado en un ámbito más complejo: su estructura de valores. Las prácticas humanas generan bienes internos, inherentes a la actividad misma (como comprender un problema o formar a alguien), y bienes externos (dinero, prestigio, credenciales).
“Las instituciones existen precisamente para administrar los bienes externos y así permitir que las prácticas sobrevivan materialmente. El riesgo es permanente y está inscrito en esa misma relación: cuando los bienes externos se vuelven los únicos que la institución sabe medir, la institución puede prosperar mientras la práctica que le daba sentido se extingue silenciosamente en su interior.”
Esto es precisamente lo que ha ocurrido: las instituciones educativas prosperan en la medición de bienes externos, mientras su propósito esencial se desvanece, un problema mucho más grave que cualquier déficit presupuestario o puntaje mejorable.