Alejandro Muñoz, originario de la comuna de El Bosque, llegó a España en 2005, a los 27 años, buscando nuevas oportunidades. Viajó junto a su entonces esposa, Liselotte, de 24, y su hijo de cuatro años. En Chile, la pareja gestionaba un minimarket familiar y vendía productos al por mayor, mientras Alejandro también era delantero en un equipo de fútbol amateur.
Muñoz relató a BioBioChile su motivación para el viaje: “Siempre tuve la espinita de venirme a España. Quería conocer cómo era la situación aquí, en Europa. El negocio empezó a irse a pique, entonces le dije a mi mujer que vendiéramos lo que teníamos en casa antes de que eso ocurriera”. La decisión no respondía a una oferta deportiva, sino a la búsqueda de trabajo y una nueva vida.
“Le propuse venirnos y lo hicimos. Vendimos nuestros autos, nuestras cosas y partimos rumbo acá”, afirmó el chileno sobre los inicios de su aventura europea.
Al aterrizar en Madrid, un familiar les brindó apoyo inicial. Posteriormente, la familia se trasladó a Plasencia, en Extremadura, donde Alejandro consiguió uno de sus primeros empleos en un almacén de cerezas. Fue allí donde forjó amistad con trabajadores rumanos que vivían en Valdastillas, un pequeño pueblo del Valle del Jerte, que visitó por primera vez gracias a ellos.
“Hice buena amistad con ellos y fue la primera vez que vine al pueblo”, evocó Muñoz. Sin embargo, su matrimonio con Liselotte concluyó en Plasencia, antes de que conociera a su segunda esposa.
En 2006, a sus 28 años, mientras trabajaba como maquinista en una cooperativa de cerezas, conoció a Lorena Lorenzo. Ella, una joven española de 20 años, alta y residente de Valdastillas, trabajaba en la misma cooperativa. “Ella trabajaba en la oficina y a veces la mandaban abajo a hacer palés de cerezas. Ahí empezamos a conocernos”, detalló Alejandro.
Tras una serie de encuentros en el trabajo y conversaciones profundas donde Alejandro le contó sobre su reciente separación, la atracción mutua se transformó en una relación. Lorena, a pesar de vivir en Plasencia, mantenía fuertes lazos con Valdastillas, donde tenía un departamento y vivía parte de su familia.
Le expliqué toda mi vida y no le importó lo que yo había pasado. Nos gustamos.
La pareja intentó establecerse en Madrid, pero la vida en la capital resultó complicada debido a los altos costos y las largas jornadas laborales. “Ni siquiera nos veíamos y teníamos que pagar muchas cosas: el piso, que era muy caro, los coches, la comida, todo”, explicó Muñoz.
Fue Lorena quien propuso la idea de mudarse a su pueblo natal. “Me dijo: ‘¿Por qué no nos vamos al pueblo, que es más barato, alquilamos una casa por ahí y estamos cerca de mi mamá?’. Le dije: ‘Pues vámonos para Valdastillas’”.
Inicialmente vivieron con la madre de Lorena para luego arrendar su propio departamento. En 2010, Liselotte y el hijo de Alejandro, que para entonces tenía diez años, regresaron a Chile.
