Restos de tecnología alienígena: la Luna podría esconderlos

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Un equipo de investigadores, liderado por Lewis Pinault del Instituto SETI, plantea una nueva hipótesis para la búsqueda de vida inteligente extraterrestre: analizar el polvo lunar. Según su propuesta, que se presenta como preimpresión en arXiv y ha sido enviada al International Journal of Astrobiology, la superficie de la Luna podría contener diminutos fragmentos tecnológicos, o “tecnofirmas”, acumulados durante miles de millones de años que ofrecerían evidencia de civilizaciones antiguas.

La investigación aborda la posibilidad de que estas tecnofirmas se hayan conservado en el suelo lunar, siendo el primer estudio en cuantificar esta probabilidad. La Vía Láctea tiene una historia de unos 13.000 millones de años, tiempo suficiente para el surgimiento y desaparición de múltiples civilizaciones. A diferencia de las señales de radio, que son efímeras, los restos físicos de tecnología podrían perdurar mucho más tiempo.

Si bien la Tierra es un objetivo más grande para los objetos espaciales, su actividad geológica y atmosférica tiende a erosionar y enterrar los materiales. La Luna, sin embargo, ofrece un entorno ideal para la conservación. Su superficie ha recibido constantemente partículas durante unos 4.000 millones de años, actuando como un archivo del pasado galáctico.

Además de acumular material, la Luna lo protege. El “jardineo por impacto”, causado por micrometeoritos, entierra estas pequeñas partículas a poca profundidad, salvaguardándolas de la radiación cósmica.

La idea de buscar estos restos tecnológicos no es reciente. En los años noventa, el astrónomo ucraniano Oleksiy Arkhipov ya sugirió que residuos de otras civilizaciones podrían llegar a superficies estables como la lunar. Pinault y su equipo retoman esta hipótesis, añadiendo un marco cuantitativo y clasificando dos tipos de partículas.

Las “partículas de Arkhipov” serían desechos industriales, como fragmentos desprendidos de megaestructuras tipo enjambre de Dyson, que escaparían de sus sistemas estelares y llegarían al nuestro. Se estima que el Sol, en sus órbitas de 230 millones de años alrededor del centro galáctico, pudo haberse cruzado con tales partículas. Las “partículas de Bracewell”, nombradas por Ronald Bracewell, son más teóricas: micro-sondas enviadas deliberadamente para exploración, una suerte de “polvo inteligente”.

El estudio de arXiv sugiere que solo materiales refractarios, como cerámicas avanzadas, grafeno o superaleaciones de titanio y tungsteno, con radios de 0,3 micras, podrían sobrevivir un viaje interestelar de miles de años luz. La posibilidad de encontrar estas partículas en el regolito lunar abre una nueva vía para la astrobiología y la búsqueda de vida más allá de la Tierra, ofreciendo una perspectiva única sobre la historia de la galaxia y las civilizaciones que pudieron haberla habitado.

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