La obra “Los invasores”, del dramaturgo Egon Wolff, regresa a la escena nacional con una lectura contemporánea que interpela directamente al Chile y Latinoamérica de hoy. Este clásico teatral, estrenado en 1963 bajo la dirección de Víctor Jara y el Ituch (hoy Teatro Nacional Chileno), vuelve a la sala Agustín Siré en el centenario del nacimiento de su autor y a 10 años de su deceso.
Su propuesta no solo devela la estructura social y sus fracturas, sino también los privilegios de clase y los persistentes temores que aún agobian a gran parte de la población.
La trama de “Los invasores” se desenvuelve a través de un relato aparentemente sencillo y cotidiano. Un gran empresario y su esposa regresan a su suntuosa mansión tras una fiesta. Sin embargo, la mujer, con su intensa intuición, percibe una amenaza inminente. Teme que algo provenga del exterior para alterar su estilo de vida, un cambio social que ponga fin a sus privilegios.
La obra profundiza en la ansiedad y el sobresalto de la pareja, exacerbados por lo que han escuchado sobre quienes viven “al otro lado del río”, una metáfora de la pobreza y aquellos considerados indeseables. Su riqueza e indiferencia les impiden una crítica o autocrítica sobre su realidad.
La propuesta escénica de Marcelo Leonart, un director audaz, logra dialogar con el presente sin abandonar la esencia del texto de Wolff. Construye una experiencia dramática de gran intensidad al articular el elemento humano con una imaginación rica en componentes visuales, sonoros, coreográficos y actorales.
El elenco, diverso en edades y con gran experiencia, permite que el trabajo actoral fluya de manera equilibrada en cada escena, tanto en lo individual como en lo colectivo. Destaca la participación de Paulina Urrutia como la esposa del empresario, quien encarna una mirada perdida en temores ancestrales hacia lo extraño y lo diverso, chocando sus advertencias con la visión de una posible nueva realidad.
La maquinaria dramática de la obra es compleja, demandando alternancia entre silencio y estruendo, desplazamientos inesperados y una lenta acumulación de tensiones. Todo esto se desarrolla frente a una escenografía monumental y fría, que representa la riqueza y los privilegios, la abundancia y la exclusión, en contraste con la llegada de los extraños.
Un elemento fundamental es el diseño sonoro ambiental, que intensifica las escenas y procesos. Estas sonoridades no revelan lo que viene, sino que sugieren la inminencia de un evento, creando una tensión constante y manteniendo el interés por el desenlace. El espectador permanece a la espera de lo que se avecina.