La invisibilización de los saberes indígenas persiste en la sociedad y la academia, generando preguntas sobre su rol actual y el legado que aportan. La especialista en patrimonio, Laurajane Smith, señala que el patrimonio oficial es definido por expertos, lo que ha llevado a que los conocimientos constructivos de los pueblos originarios sean relegados.
El arquitecto e historiador Bernard Rudofsky ya cuestionaba en 1977 los límites de la disciplina, reivindicando la «arquitectura sin arquitectos» y el valor de los constructores anónimos ignorados por la historia. Esta crítica sigue vigente en un país donde la narrativa arquitectónica a menudo inicia en el periodo colonial, olvidando las complejas formas de habitar previas a la llegada europea.
Antes de las construcciones coloniales, diversos pueblos desarrollaron soluciones arquitectónicas adaptadas a sus entornos, necesidades y cosmovisiones. Chile, con su vasta geografía desde el altiplano hasta los canales australes, es un ejemplo claro. En el altiplano, aún se encuentran las utas aymaras, construcciones de adobe y piedra que ofrecen refugio a pastores. Más al sur, las rucas mapuches perduran en comunidades que mantienen el fuego como centro organizador de la vida.
En los territorios australes, a pesar del exterminio y desplazamiento, el conocimiento ancestral se mantiene vivo en comunidades como la Kawéskar de Puerto Edén, quienes conservan prácticas para sus refugios temporales. Estas arquitecturas no solo son vestigios del pasado, sino que ofrecen respuestas a desafíos contemporáneos.
Preguntas sobre cómo construir con recursos locales, adaptarse a climas extremos, minimizar el impacto ambiental o fortalecer el vínculo entre comunidad y territorio son abordadas por estas construcciones ancestrales. Reconocer este patrimonio es un ejercicio de memoria y justicia histórica, pero también una oportunidad para enriquecer nuestro acervo de conocimientos.
En un contexto de crisis climática y búsqueda de sostenibilidad, los saberes indígenas aportan claves valiosas para imaginar nuevas formas de habitar. La invitación es a valorar, estudiar y registrar de manera permanente estos conocimientos para incorporarlos en la enseñanza, investigación y práctica arquitectónica, entendiendo que una arquitectura que olvida su historia limita su proyección futura, según Diego González, Director de Investigación de Arquitectura de la Universidad San Sebastián (USS).