A pocas semanas de que se cumplan 66 años de uno de los partidos más infames en la historia del fútbol, la Batalla de Santiago vuelve a la conversación pública. El encuentro entre Chile e Italia en el Mundial de 1962, recordado por su brutalidad sin precedentes, no fue un incidente aislado. La raíz de la violencia en el Estadio Nacional se gestó días antes, cuando una polémica crónica periodística desde Europa desató un odio furibundo en Chile, transformando un partido de fútbol en una vendetta nacional.
El duelo por la fase de grupos es, aún hoy, considerado el más violento en la historia del deporte. Jugadores de ambas selecciones se enfrascaron en patadas, agresiones e insultos desde el pitazo inicial. La cadena BBC lo definió sin rodeos:
Es la exhibición de fútbol más estúpida, espantosa, repugnante y vergonzosa en la historia de este juego.
El origen de la furia: una pluma italiana en Chile
¿Cómo llegó la tensión a tales niveles antes del pitazo inicial? El odio entre chilenos e italianos comenzó a fraguarse con la llegada de la ‘Azzurra’ al país. Según recuerda el diario español El Mundo, todo se desató por una ofensiva crónica publicada por el periodista Corrado Pizzinelli en el medio italiano Il Resto del Carlino.
Pizzinelli visitó Chile previo al Mundial de 1962 y plasmó en sus líneas una visión del país que, al parecer, nunca pensó que cruzaría el Atlántico. Sus palabras, tan ofensivas como despreciables, provocaron un escándalo nacional. Cuando El Mercurio se hizo eco de lo publicado en Bologna, un odio generalizado hacia Italia se apoderó de Chile. Ni los esfuerzos del plantel europeo lograron apaciguar los ánimos.
Santiago es campeón en los problemas más terribles de América Latina.
Así titulaba Pizzinelli, y las frases que siguieron calaron hondo en la opinión pública:
En ningún otro lugar uno se siente tan perdido y solo como en la ciudad huésped del Campeonato Mundial de fútbol; esta capital es el símbolo triste de uno de los países más subdesarrollados del mundo; Chile es terrible y está afligido por la desnutrición, prostitución, analfabetismo, alcoholismo y miseria.
El Mundo destacó el impacto de estas palabras, señalando que:
Todo el país había derrochado esfuerzo, recursos e ilusión en este proyecto, concebido como su apertura al mundo. Así que es muy de entender el impacto que produjo el artículo publicado.
De nada sirvió que la ‘Azzurra’ depositara flores en el Cementerio General, ni que emitiera declaraciones de respeto a Chile o alegara inocencia. La indignación ya era incontrolable.
El día de la ira: Batalla de Santiago 1962
Lo que ocurriría el 2 de junio en el Estadio Nacional era, por lo tanto, inevitable. Italia ingresó al campo de juego con seis cambios respecto a su debut contra Alemania, evidenciando el temor que había generado el ambiente. A la cancha solo saltaron los que se atrevieron a jugar. Los claveles blancos que el plantel europeo entregó al público fueron devueltos con insultos y escupitajos. 75.000 hinchas en las tribunas, con sed de venganza, exigían sangre.
Los jugadores chilenos, con ánimo de revancha, estaban decididos a cumplir ante su público. A los 12 segundos de partido se registró la primera falta. A los 7 minutos, el árbitro expulsó a Giorgio Ferrini tras responder a un planchazo de Honorino Landa, pero el italiano se negaba a abandonar el campo, siendo arrastrado por la policía.
La brutalidad escaló. El diario El Mundo rememoró el caos:
Las patadas nublan el sol. El duelo Humberto Maschio y Jorge Toro, habitantes del medio campo, hubiera asustado a Ilia Topuria. Todos pegaban, todos recibían, y el árbitro Ken Aston se movía como un pánfilo, sólo estricto, y hasta lo ridículo, a la hora de fijar el punto de saque de cada falta.
Habría más. Leonel Sánchez y Mario David se golpearon sin cesar durante el partido. El chileno propinó un combo de izquierda al italiano que lo mandó al suelo. El juez, Ken Aston, hizo la vista gorda, insinuando que “no vi nada”. Sin embargo, minutos después, el europeo fue expulsado por patear la sien de la estrella de La Roja.
El marcador final de 2-0 a favor de Chile, con goles de Jorge Toro y Leonel Sánchez, poco importó. Chile respondió a la infame crítica haciendo “justicia” con sus propias manos —y patadas y golpes— ante una Italia que se devolvió a su país antes de lo esperado y derrotada en la cancha y en la moral.
El legado de la Batalla: ¿una herida cerrada?
Sesenta y seis años después, la Batalla de Santiago permanece como un recordatorio sombrío de cómo las palabras pueden encender pasiones y transformar un deporte en un campo de batalla. Este episodio no solo marcó la historia de los Mundiales, sino que también dejó una cicatriz profunda en las relaciones deportivas entre Chile e Italia. ¿Es una lección aprendida o un capítulo más en la rivalidad futbolística que ocasionalmente excede los límites?