Introducción
En los últimos tiempos, la cultura de la cancelación ha ganado terreno en nuestra sociedad de manera alarmante. Actitudes matonescas y la censura hacia aquellos que piensan diferente se han convertido en herramientas utilizadas por detractores de la vía pacífica y democrática para resolver diferencias de opinión en diversos contextos, incluyendo el ámbito universitario.
Esta tendencia, impulsada por la agenda woke y los neo-totalitarios, no solo se limita a nuestro país, sino que es global. Quienes promueven esta cultura se encargan de cerrar los espacios de diálogo y debate público, intimidando y atacando a aquellos que se atreven a disentir de la pseudo verdad impuesta.
La indiferencia de las autoridades
En muchos ámbitos, las autoridades encargadas de hacer respetar la libertad de expresión y opinión han mostrado indiferencia y negligencia. En algunos casos, incluso se ha auspiciado el método woke por temor a represalias o por adhesión a estas pseudo verdades.
En universidades de Estados Unidos y Europa, la situación se ha vuelto insostenible, con académicos de prestigio siendo perseguidos por expresar reparos razonables a teorías consideradas políticamente correctas. Nuestra experiencia en Chile tampoco se queda atrás, con la tibia e indolente reacción de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile ante el reciente incidente con Sergio Micco.
La valentía individual no es suficiente
Si bien la valentía individual es necesaria para enfrentar a los matones de la cancelación, a veces el riesgo es demasiado alto. No podemos olvidar casos como el de José Antonio Kast, quien fue golpeado y perseguido en un campus universitario en Iquique. La valentía individual no es suficiente, se necesita una reprobación social generalizada y una reacción institucional que defienda la libertad y el respeto cívico por encima del matonaje.
Conclusión
La cultura de la cancelación representa una amenaza para la libertad de expresión y el debate público. Es importante tomar conciencia de esta tendencia y luchar por preservar los valores fundamentales de una sociedad democrática. La valentía individual es necesaria, pero también lo es la reprobación social y la acción institucional. Solo así podremos garantizar que la libertad y el respeto prevalezcan sobre la cancelación y el matonaje.