“Operación Nerón”: Hitler y el delirio final de la destrucción

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Los últimos días de líderes como Adolf Hitler y Nerón revelan una fascinación por la megalomanía y la destrucción en momentos críticos de sus mandatos. Esta idea, destacada por Albert Speer en los juicios de Núremberg, subraya cómo los acontecimientos finales exponen la esencia de los personajes.

Speer, primer arquitecto y ministro de guerra de Hitler, fue el encargado del ambicioso proyecto Germania, la nueva capital imperial que reemplazaría al antiguo Berlín. Los planos incluían un arco del triunfo de dimensiones colosales y la cúpula del Palacio Popular (Volkshalle), proyectada para ser dieciséis veces mayor que la basílica de San Pedro.

En el palacio de la nueva Cancillería, también obra de Speer, Hitler dedicaba horas a observar y corregir la maqueta de su megalópolis. Esto ocurría incluso mientras los bombardeos angloamericanos hacían temblar las estructuras de su residencia. Se dice que, cínicamente, el Führer esperaba que las bombas destruyeran la ciudad para facilitar su reconstrucción.

La película Hitler: the last ten days (1973) muestra a Eva Braun como una figura que alimentaba la fantasía de grandeza de Hitler. En una escena, Eva le dice:

“Adolf, eres la persona más increíble. Incluso en estos días sigues pensando en el futuro, en tu arte”.

Esta misma dinámica se observa en la película Quo Vadis (1951), donde Nerón (interpretado por Peter Ustinov) se dedica a componer canciones con su lira desde la colina Palatina en Roma en el año 64 d.C. Su consejero, Petronio, un maestro de la lisonja, lo alienta a creer en su talento artístico para no agitar su ya volátil estado de ánimo.

El emperador Nerón, con el estímulo de Petronio, concibe una nueva Roma, construyendo una maqueta que dejó a la corte asombrada por su extravagancia. La película atribuye a Nerón la responsabilidad del incendio que devastó Roma, con el fin de dar paso a su grandiosa obra. Posteriormente, culpó a los cristianos de la catástrofe.

Aunque los relatos históricos como los de Tácito sugieren que el incendio fue resultado de múltiples focos, las sospechas sobre Nerón surgieron por la rápida reconstrucción. De las cenizas emergió la Domus Aurea (Casa Dorada), un inmenso complejo palaciego para uso exclusivo del emperador.

El 19 de marzo de 1945, Hitler ordenó la “Operación Nerón” (Nerobefehl), una política de tierra quemada para destruir la infraestructura alemana y evitar que cayera en manos rusas. Speer se opuso a esta medida nihilista, intentando preservar lo construido, demostrando no ser un incondicional como Eva Braun y Petronio. Al final de ambas películas, Nerón y Hitler están atrapados en su palacio. Rodeados por el fuego. En el vórtice de la destrucción. En el delirio, y a un paso del suicidio. El Nerón de Ustinov se ha hecho uno con el Hitler que interpreta Alec Guinness. Si la historia concede siempre ese lugar de privilegio a los hechos terminales, como dijo Speer, es porque las cosas se revelan en esos momentos.

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