Rocky 5 (1990) merece una reevaluación. En esta entrega, el “Semental italiano” sufre las consecuencias neurológicas de la brutal pelea contra Iván Drago en Rocky 4. Además, su cuñado Paulie lo ha estafado, dejándolo sin su fortuna y forzándolo a regresar a su antiguo barrio de Filadelfia.
De vuelta en sus orígenes, Balboa imparte clases de boxeo en un gimnasio local y comparte tiempo con sus amigos en el bar. Retoma los paseos por las calles que marcaron su juventud, rememorando los días en que, sin rumbo, pateaba basura como un niño castigado.
El personaje de Rocky se muestra en su esencia más pura: su vida gira en torno al amor por su familia y la pasión por el boxeo. La riqueza pasada pierde valor; encuentra plenitud en su nueva realidad, entrenando a un joven amateur llamado Tommy Gunn y vistiendo la misma ropa deportiva con la que entrenaba en los mataderos años atrás.
Es precisamente en esta quinta parte, cuando lo ha perdido todo, que la nobleza de Rocky se manifiesta en toda su magnitud.
Sin embargo, su discípulo, a quien ha tratado como a un hijo, lo traiciona. Tommy Gunn es corrompido por un representante farandulero que lo incita a creer que puede superar a su mentor. Para Rocky, esta afrenta es profunda, pues la lucha sigue siendo para él un espacio casi sagrado.
Esta visión del boxeo como un ritual o una expresión de fe es un tema recurrente en el cine.
En la secuencia inicial de Toro Salvaje (1980) de Martin Scorsese, Jake La Motta (interpretado por Robert De Niro) entrena sobre el ring. La escena, filmada en cámara lenta y en blanco y negro, se eleva a un plano casi religioso gracias a la música de Cavalleria Rusticana de Piero Mascagni.
De manera similar, en la película Marcado por el odio (1954) de Robert Wise, el boxeador Rocky Graziano (encarnado por Paul Newman) atribuye su éxito y buena fortuna a una entidad superior. Él mira al cielo y encomienda su talento a ese “alguien que está allá arriba y que me quiere”.
El documental When We Were Kings (1996) de Leon Gast, que narra el histórico combate por el título mundial entre Muhammad Ali y George Foreman en Zaire en 1974, capta la efervescencia previa a la pelea. El pueblo congoleño animaba apasionadamente a Ali, coreando “¡Ali bumaye!” (¡Ali, mátalo!), desconcertando a Foreman.
El escritor estadounidense Norman Mailer (1923-2007), testigo presencial del evento, describió el momento decisivo:
“Cuando Ali lanzó el golpe noqueador, Foreman empezó a retroceder, Ali lo siguió alrededor, Ali tenía su derecha cargada para un golpe más, pero nunca lo lanzó, como si no quisiera arruinar la estética del hombre cayendo”.
Finalmente, se desata la esperada pelea callejera entre maestro y discípulo. Es un enfrentamiento sin reglas, donde valen los golpes bajos y los basureros de latón vuelan, destruyendo el mobiliario público. Las normas deportivas quedan relegadas al ámbito de los salones.
Lejos de ser un momento de degradación, esta confrontación eleva a Rocky a la categoría de héroe popular. Se consagra como el buen amigo del barrio, aquel que lucha en nombre de todos sus vecinos.
En la escena final, Rocky asciende una vez más la icónica escalera que tantas veces conquistó en sus entrenamientos, ahora acompañado de su hijo adolescente. En ese paseo, le confiesa: “He estado subiendo estos peldaños durante veinte años y nunca supe que en este edificio había cuadros valiosos”.
Hasta ese día, desconocía que la célebre escalinata conducía al Museo de Arte de Filadelfia.
“Nunca es tarde para aprender. Picasso te va a encantar”, le dice su hijo en un cierre memorable.
Truman Capote, en el prefacio de Música para camaleones, escribió:
“Cuando dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”.
Para los boxeadores, este “flagelo” es literal, pues el don de la lucha se cultiva a costa de la destrucción física. El regalo divino del que hablaba Capote fue para Rocky, más que un látigazo, un verdadero puñetazo de dios en la cara.


