Los abusos sexuales perpetrados durante décadas al interior de la Congregación Salesiana han salido a la luz a través de una serie de testimonios. Uno de ellos es el de Camilo, quien a sus 62 años y por orden del fiscal Xavier Armendáriz, reveló los vejámenes que sufrió siendo menor de edad.
Los hechos ocurrieron hace cinco décadas, cuando Camilo tenía solo 13 años y cursaba séptimo básico. Fue víctima del sacerdote Alejandro Cautín Ramos, quien se aprovechó de su vulnerabilidad económica y familiar, ya que Camilo vivía en una mediagua con una familia disfuncional.
Durante mucho tiempo yo tuve un sentimiento de culpa. Como a los 56 años estuve en un tratamiento por depresión y la psicóloga que me atendió, me iluminó. Me dijo que yo no era el culpable. Hasta ese año yo sentía que era culpable por haber aceptado ese tipo de situación.
El calvario de Camilo se extendió hasta cuarto medio. Los abusos, según su relato, comenzaron cuando Cautín Ramos le ofreció un trabajo y la posibilidad de bañarse en su habitación privada dentro del colegio. Este acceso exclusivo fue el punto de partida para las agresiones.
El caso de Camilo es uno de los nueve que la justicia acogió. El Séptimo Juzgado Civil de Santiago dictaminó que la Congregación Salesiana deberá pagar entre $30 y $50 millones de pesos a cada víctima, reconociendo así que la institución “propició y silenció abusos”.
Las víctimas buscaron justicia desde el año 1973. De los ocho sacerdotes señalados, solo dos fueron expulsados tras procesos canónicos. Otros tres pidieron la dispensa del celibato sacerdotal y tres fallecieron sin enfrentar la justicia.
Camilo conoció a Cautín a los 12 años en el grupo scout del Instituto Don Bosco de Punta Arenas. El sacerdote, jefe del grupo, mostraba una cercanía inusual con él, invitándolo a tomar once con los religiosos y ofreciéndole trabajo en una imprenta donde era encargado. Estas acciones, en un principio, generaron confianza en el joven.
Yo subo primero y tú después para que no te vean.
Con frases como esa, Cautín invitaba a Camilo a su habitación. Le tomó cincuenta años comprender la anormalidad de esas situaciones: hospedarlo en su pieza personal, tocarlo siendo menor o sacarlo de clases sin justificación. Camilo nunca lo compartió con nadie, temiendo las consecuencias.
La situación escaló cuando Cautín, bajo el pretexto de usar el baño personal, comenzó a realizar “caricias impropias”. Posteriormente, los abusos se extendieron a la imprenta y a los talleres. “Él siempre buscaba las oportunidades”, lamentó Camilo.
La sentencia del Séptimo Juzgado Civil de Santiago representa un reconocimiento largamente esperado para las víctimas, aunque el impacto de los abusos perdura en sus vidas décadas después. La Congregación Salesiana enfrenta ahora la obligación de reparar el daño causado por años de silencio.