“El #MeToo no fue un fracaso”: el análisis de su impacto real

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Corría el año 2017 cuando la publicación del diario The New York Times con denuncias de abuso sexual contra el afamado productor estadounidense Harvey Weinstein encendió la mecha del movimiento #MeToo y la “cultura de la cancelación”. Esta ola de acusaciones, que se extendió rápidamente por Hollywood y otros campos laborales, buscaba cobrar justicia por años de abusos que habían permanecido invisibilizados.

El movimiento reflotó casos emblemáticos de la industria cinematográfica como las acusaciones contra Roman Polanski y Woody Allen. Estrellas que se pensaban intocables, como Kevin Spacey, también fueron señaladas por testimonios similares, e incluso Bob Dylan recibió denuncias por hechos que habrían ocurrido hace más de 40 años.

Músicos como Kanye West y directores de cine como el cotizado James Gunn (despedido de Disney en julio de 2018 luego que resurgieran mensajes ofensivos sobre abuso infantil), fueron blanco de la presión social y digital que se respiraba por aquellos días. Esta presión era capaz de tumbar carreras o caducar contratos con solo algunos días de “trending topics”.

Chile no quedó ajeno al fenómeno, sumando sus propios escándalos al debate con los casos de Nicolás López o Herval Abreú. Sin embargo, no todas las “cancelaciones” tuvieron el mismo impacto duradero; figuras como West o Gunn, tras mediáticos amagos, rápidamente recuperaron su estatus de poder con el paso del tiempo, como demuestra la campaña de fans que logró el reencuentro de James Gunn con Disney.

El comediante Kevin Hart (que vio frustrados sus planes de animar la ceremonia del Oscar en 2018 por tweets homofóbicos), la actriz Gina Carano (desvinculada de Disney por asemejar la “persecución” a los conservadores en Estados Unidos con la de los judíos durante el Holocausto), y hasta celebridades difuntas como Michael Jackson (cuyo documental ‘Leaving Neverland’ trajo de vuelta a 2019 los testimonios de abuso sexual infantil), coparon una lista de “cancelados” que crecía a un ritmo vertiginoso.

A casi una década del frenesí inicial, y en vista de los hechos que siguieron al #MeToo, surge la pregunta: ¿Qué quedó en limpio tras el boom de la cultura de la cancelación?

Mauro Basaure, sociólogo y director del Doctorado en Teoría Crítica y Sociedad Actual (TECSA) de la Universidad Andrés Bello, plantea que la pérdida de impulso de movimientos ciudadanos como el #MeToo se explica en diversos motivos.

“La evidencia disponible sugiere que el fenómeno no perdió fuerza por una sola razón. Más bien, parece haber pasado de una fase de alta viralidad y adhesión moral relativamente transversal, a una fase más ambivalente, polarizada y conflictiva”.

Sobre este punto, añade que existen pruebas de la caída de intensidad digital del #MeToo, un backlash antifeminista, y un desgaste del trabajo activista en redes. También, disputas sobre si estas prácticas producen accountability (asumir responsabilidades) o un castigo injusto.

“Lo que no se puede afirmar con la evidencia actual es que el fenómeno haya desaparecido o que haya fracasado en términos generales”.

En esta línea, Basaure descarta algún tipo de “agotamiento” de la audiencia sobre estos temas. Explica que la evidencia muestra una creciente ambivalencia: más personas conocen el término “cultura de la cancelación”, pero también más personas tienden a interpretarlo como una forma de castigo injusto y no solo como rendición de cuentas. Por lo tanto, el “agotamiento” del movimiento es una hipótesis plausible, pero el sociólogo subraya la necesidad de estudiarla directamente para comprender la complejidad de su legado.

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