A 800 años de la pascua de San Francisco de Asís (1181/1182 – 1226), su visión de un Evangelio sin intermediaciones sigue cuestionando a la Iglesia y a la sociedad. Su postura profética, tanto económica como existencial, interpela a la Teología y subraya que los pobres no son una categoría social, sino la encarnación misma de Cristo.
Para comprender la verdadera magnitud de Francisco de Asís, es fundamental despojarse de las representaciones idealizadas. La experiencia en las calles de Asís, entre la majestuosidad de la basílica superior y la austera cripta del Santo, revela una contradicción profunda: la brecha entre la radicalidad de un hombre que lo abandonó todo y la tendencia institucional a moderar su mensaje.
En el contexto latinoamericano actual, marcado por la desigualdad, la «revolución franciscana» se presenta como una tarea pendiente. No es un evento histórico, sino una provocación constante que desafía los fundamentos de la fe y la auténtica opción preferencial por los más desfavorecidos.
El acto de despojarse de sus ropas en público fue una interpelación directa al sistema del siglo XIII. Historiadores como Alessandro Barbero señalan que Italia no era un idilio, sino un centro de capitalismo mercantil emergente, donde la moneda reconfiguraba los valores humanos. Asís era un foco de tensión entre los majores (nobleza feudal) y los minores (artesanos y marginados).
El padre de Francisco, Pietro Bernardone, representaba a esta burguesía preocupada por el estatus. Por ello, la decisión de Francisco de devolver sus prendas a su padre ante el obispo Guido, como ha destacado Aldo Cazzullo, fue un acto de alto simbolismo. En una sociedad donde la vestimenta definía el estatus, desnudarse significaba perder la ciudadanía y unirse a los parias.
Los primeros hagiógrafos, como Tomás de Celano y la Leyenda de los tres compañeros, documentan cómo Francisco rompió con la lógica del capital y la dominación social. Decidió no ser un major, sino un minor, ubicándose en el escalón más bajo de la sociedad por una elección puramente evangélica.
La pobreza, para el Pobrecillo de Asís, no fue una teoría social ni la glorificación de la miseria. Francisco la amó porque la vio como la forma concreta en que Dios se reveló al mundo. En la Legenda Maior, San Buenaventura explica que la humildad de la Encarnación y la desnudez de la Cruz eran los pilares del amor divino. Dios eligió el pesebre y el madero, no el palacio ni el cetro.
«El Hijo de Dios fue pobre en este mundo; por eso el Santo buscaba la pobreza con un ardor tan apasionado que la consideraba su dama y su madre, reconociendo en los pobres la imagen viva de Aquel que por nosotros se hizo indigente.»
San Buenaventura, Legenda Maior, Cap. VII
Esta intuición franciscana enriquece la Teología. El teólogo Leonardo Boff ha resaltado que Francisco añadió una dimensión espiritual: el pobre no es solo un receptor de caridad o un objeto de análisis ideológico; el pobre es un sacramento. Tocar la carne del leproso, como describe Francisco en su Testamento, no fue una filantropía, sino un momento de conversión profunda, donde lo repugnante se transformó en dignidad.