El artista Samuel Ibarra recibió el galardón a la resistencia artística cultural Perrera Arte, un reconocimiento a su trayectoria como performer, caracterizada por su persistencia, agudeza y un enfoque que incomoda la escena chilena contemporánea. Este premio, que se distingue de las condecoraciones tradicionales, busca resaltar la vida y obra de creadores que han transformado su existencia en práctica artística, a menudo al margen de circuitos institucionales.
El galardón consiste en una escultura creada por el artista visual Antonio Becerro. Esta pieza trasciende el concepto de un trofeo o una medalla, funcionando como una huella y un objeto de transmisión entre artistas. Su objetivo no es clausurar una trayectoria, sino reconocer una vida de trabajo, dejando una marca material que declara públicamente la existencia, importancia y presencia de la obra y el cuerpo del artista.
Previamente, el cineasta Ignacio Agüero, figura central del documental chileno, fue honrado con este mismo reconocimiento. Su obra ha explorado durante décadas temas como la memoria, la ciudad y la historia reciente del país. La transición del galardón de Agüero a Ibarra subraya una voluntad de Perrera Arte por construir una genealogía transversal de artistas, más allá de las disciplinas, que han asumido su oficio como una forma de resistencia, archivo y conciencia crítica.
La propuesta artística de Samuel Ibarra evita la comodidad del espectador. Su trabajo no busca decorar ni adormecer, sino que opera desde el cuerpo y contra él, explorando elementos como la calle, el residuo, la sexualidad, la precariedad y el consumo. Su obra desvela aquello que la ciudad intenta ocultar bajo capas de publicidad y una falsa normalidad.
Ibarra interpreta Chile desde sus márgenes, desde las zonas donde la promesa neoliberal se desmorona, revelando lo que verdaderamente sustenta el sistema: cuerpos desgastados, identidades desplazadas y etiquetadas como sobrantes. Su cuerpo se convierte en una herida que es a la vez documento y arma, exponiéndose, ridiculizándose y maquillándose.
Se desplaza y reaparece continuamente en el espacio público, buscando perturbar una mirada que prefiere mantenerse pasiva. Uno de los ejes de su obra es visibilizar lo que el consumismo busca invisibilizar, tomando códigos de la publicidad, el género o la marginalidad para devolverlos deformados, grotescos o brillantemente violentos.
Esta operación posee un marcado carácter callejero, originado en una experiencia directa del territorio. En las acciones de Ibarra emergen lugares como La Chimba, el río Mapocho y los intersticios de Santiago, revelando una ciudad paralela que coexiste con el retail y los discursos de modernización; una ciudad donde se encuentran la sofisticación del consumo y el abandono, la exclusión y la supervivencia.
Esta perspectiva conecta su obra con una tradición que Perrera Arte reconoce como propia: la del artista que trabaja desde la intemperie. El reconocimiento, por tanto, no es solo a una carrera, sino a una posición ética frente al arte.
Por más de tres décadas, Perrera Arte ha defendido que el arte no debe limitarse a ser una industria de objetos, ferias o currículos, sino que también debe ser conflicto, pregunta y una jurisdicción capaz de explorar terrenos donde la institucionalidad cultural no llega.