El uso del término ultraderecha ha generado controversia en el debate público, especialmente cuando se aplica a figuras como el presidente Kast. La izquierda política ha empleado esta etiqueta sin una definición clara, utilizándola más como un certificado de visado democrático o un calificativo peyorativo.
Este concepto agrupa a una diversidad de políticos, incluyendo a Milei, Bukele, Trump, Orbán, Meloni, Abascal, Farage, Bolsonaro, Le Pen y De La Espriella, a pesar de sus evidentes diferencias ideológicas y modos de ejercer el poder.
Si se toma la conceptualización de Carolina Tohá, ser de ultraderecha implicaría un conservadurismo en la agenda valórica, la priorización del orden y la seguridad, un nacionalismo escéptico del multilateralismo y la migración, y una relación tensa con las instituciones de la democracia liberal.
Sin embargo, esta categorización presenta inconsistencias. En primer lugar, califica toda posición conservadora como ultraderecha, incluyendo a figuras como Patricio Aylwin, quien difícilmente podría ser asociado con Trump u Orbán. Esto, a su vez, posiciona al progresismo como la moderación, exento de crítica y presentando sus agendas como neutrales, cuando son solo una visión más de la vida en sociedad.
Esta perspectiva revela una deshonestidad intelectual en el uso del término por parte de la izquierda, mostrando una incapacidad para debatir disensos sin intentar excluir al adversario del juego democrático.
En segundo lugar, todo gobierno establece prioridades. Recordar que el expresidente Lagos, al prometer ser “implacable con los delincuentes y narcotraficantes”, no fue tildado de ultraderecha, pone en relieve la arbitrariedad del criterio.
Finalmente, una relación tensa con las instituciones de la democracia liberal no siempre es de ultraderecha. La exministra Tohá, defensora de un texto constitucional que erosionaba controles y contrapesos democráticos en la primera convención, no sería considerada de ultraderecha, lo que subraya la instrumentalidad de la etiqueta.
En definitiva, el uso de la categoría “ultraderecha” parece servir más a intereses políticos y electorales que a una definición rigurosa de un fenómeno político. Esta práctica, que en su momento señaló al expresidente Piñera como dictador, evidencia una improvisación en la crítica gubernamental, que, como señaló Gustavo Cerati, “no te alcanza con improvisar”.