Chile, que se preparaba para uno de los espectáculos culturales más grandes de su historia reciente, ahora ve cómo ese acontecimiento masivo está en entredicho. Cientos de miles de jóvenes habían planificado su año en torno a las noches de octubre, con ahorros y viajes programados. Más allá de las responsabilidades específicas, esta situación deja una interrogante más profunda: ¿qué clase de país se vuelve uno donde las instancias de encuentro se anulan y nadie parece comprender la magnitud de lo que se pierde?
Lo que se desvanece no es simplemente un concierto, sino una de las pocas experiencias que aún logran unir a la sociedad. En un Chile cada vez más fatigado y desconfiado, que se ha replegado en lo privado —cada cual con su pantalla, su reja, su temor—, un estadio repleto, un festival teatral callejero o una función gratuita en una plaza no son meras distracciones. Son, en realidad, una
Estos espacios son los escenarios donde la comunidad se reconstruye, donde el extraño deja de ser una amenaza y se convierte en alguien que comparte una misma canción. Desestimar o dificultar estas experiencias, tratándolas como un mero estorbo logístico, representa un perjuicio silencioso, pero considerable, al tejido social que nos sostiene. Y esto no se limita a un incidente aislado.
Si observamos el panorama general, el
Los trenes culturales que llevaban artistas a zonas sin cartelera, los
Incluso el festival
Quienes tenemos memoria sabemos de dónde viene esa palabra. Nombró un tiempo en que la creación se volvió sospechosa y el país se acostumbró a vivir con las luces bajas. Nadie sostiene que estemos de regreso allí. Pero las luces no se apagan todas de golpe: se apagan de a una, con gestos pequeños y prosa administrativa, hasta que la penumbra parece normal.
Un programa que se extingue, una sala que no se inaugura, un espectáculo que se cancela. Cada una de estas acciones tiene su justificación técnica; pero el conjunto de ellas dibuja una convicción. Esta convicción tiene raíces históricas en la derecha chilena: la antigua noción de la “cultura entretenida”, entendida como una amenidad inofensiva, nunca como un derecho, como una fuente de pensamiento o como memoria.
Sin embargo, este gobierno ha logrado un nivel aún más precario: ni siquiera la entretención parece ser defendible. Ni el derecho ni el espectáculo; ni la biblioteca ni el estadio. Desde esta perspectiva, todo se considera prescindible, bajo el argumento de que “nada de eso produce”. Y aquí emerge una ironía: ni siquiera esa afirmación es correcta.
Dado que a esta administración le agrada el lenguaje económico, es pertinente hablar en esos términos: según la