Apagón cultural en Chile: «Las luces no se apagan todas de golpe»

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Chile, que se preparaba para uno de los espectáculos culturales más grandes de su historia reciente, ahora ve cómo ese acontecimiento masivo está en entredicho. Cientos de miles de jóvenes habían planificado su año en torno a las noches de octubre, con ahorros y viajes programados. Más allá de las responsabilidades específicas, esta situación deja una interrogante más profunda: ¿qué clase de país se vuelve uno donde las instancias de encuentro se anulan y nadie parece comprender la magnitud de lo que se pierde?

Lo que se desvanece no es simplemente un concierto, sino una de las pocas experiencias que aún logran unir a la sociedad. En un Chile cada vez más fatigado y desconfiado, que se ha replegado en lo privado —cada cual con su pantalla, su reja, su temor—, un estadio repleto, un festival teatral callejero o una función gratuita en una plaza no son meras distracciones. Son, en realidad, una infraestructura esencial para la convivencia.

Estos espacios son los escenarios donde la comunidad se reconstruye, donde el extraño deja de ser una amenaza y se convierte en alguien que comparte una misma canción. Desestimar o dificultar estas experiencias, tratándolas como un mero estorbo logístico, representa un perjuicio silencioso, pero considerable, al tejido social que nos sostiene. Y esto no se limita a un incidente aislado.

Si observamos el panorama general, el Pase Cultural, concebido como una herramienta para acercar libros, cine y teatro a jóvenes que nunca habían accedido a estos espacios, ha sido drásticamente reducido. La expansión del GAM (Centro Cultural Gabriela Mistral), que prometía una gran sala pública para Santiago, permanece paralizada una vez más, como si la ciudad pudiera esperar indefinidamente por su propio epicentro cultural.

Los trenes culturales que llevaban artistas a zonas sin cartelera, los Puntos de Cultura que sustentaban a organizaciones comunitarias, y los centros culturales de barrio donde niños y jubilados encuentran sus primeros talleres o coros; todos estos proyectos viven hoy bajo una misma incertidumbre. Esta sombra alcanza también a la red de bibliotecas públicas, presente en el 97% de las comunas del país –quizás la infraestructura cultural más democrática que se ha construido, la única con alcance casi universal–, cuya continuidad programática está hoy en duda.

Incluso el festival Santiago a Mil, que cada enero transforma las calles en un escenario y recuerda al país el potencial del arte gratuito y masivo al aire libre, mira el próximo verano con preocupación. No es necesario ahondar en cifras. Basta con escuchar a quienes forman parte de este mundo, que ya no hablan de simples ajustes, sino de supervivencia, y que han recuperado una expresión con profundo significado en Chile para describir su realidad: apagón cultural.

Quienes tenemos memoria sabemos de dónde viene esa palabra. Nombró un tiempo en que la creación se volvió sospechosa y el país se acostumbró a vivir con las luces bajas. Nadie sostiene que estemos de regreso allí. Pero las luces no se apagan todas de golpe: se apagan de a una, con gestos pequeños y prosa administrativa, hasta que la penumbra parece normal.

Un programa que se extingue, una sala que no se inaugura, un espectáculo que se cancela. Cada una de estas acciones tiene su justificación técnica; pero el conjunto de ellas dibuja una convicción. Esta convicción tiene raíces históricas en la derecha chilena: la antigua noción de la “cultura entretenida”, entendida como una amenidad inofensiva, nunca como un derecho, como una fuente de pensamiento o como memoria.

Sin embargo, este gobierno ha logrado un nivel aún más precario: ni siquiera la entretención parece ser defendible. Ni el derecho ni el espectáculo; ni la biblioteca ni el estadio. Desde esta perspectiva, todo se considera prescindible, bajo el argumento de que “nada de eso produce”. Y aquí emerge una ironía: ni siquiera esa afirmación es correcta.

Dado que a esta administración le agrada el lenguaje económico, es pertinente hablar en esos términos: según la Unesco, las industrias culturales y creativas representan el 3,39% del PIB mundial y generan el 3,55% del empleo formal del planeta. La cultura sí produce, y su aporte es superior al de varios otros sectores.

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