Desmontan el ‘mito del Donbás’: no es una región ‘naturalmente rusa’

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La agresión rusa contra Ucrania no solo ha puesto en el foco el conflicto, sino también una región que, durante décadas, fue presentada como un caso particular: el Donbás. Lejos de ser un territorio inherentemente “ruso” o una zona condenada al conflicto, el Donbás es, fundamentalmente, un mito construido a lo largo del tiempo, alimentado por políticas locales, literatura y narrativas imperiales.

Esta es la tesis central que Oleksandr Zabirko, investigador de la Universidad de Regensburg y originario de Luhansk, desarrolla en su capítulo “Guerra y paz en el Donbás”. Este texto, incluido en el libro Descubriendo Ucrania: Su pueblo, su historia y su cultura, desmantela la construcción de la imagen del Donbás.

Con un enfoque que entrelaza historia, literatura y análisis político, Zabirko explica cómo se consolidó la percepción del Donbás como un espacio industrial, proletario y culturalmente distinto del resto de Ucrania. Este “mito del Donbás” no emergió de forma espontánea, sino que fue cultivado durante las épocas de industrialización, tanto bajo el zarismo como en el periodo soviético.

En esos tiempos, la región se transformó en un polo de atracción para una mano de obra étnicamente diversa, incluyendo ucranianos, rusos, griegos, judíos y otras nacionalidades. Simultáneamente, se erigió como un símbolo de la modernidad soviética, donde figuras como el minero y el obrero siderúrgico encarnaban el ideal del “hombre nuevo”.

El estudio de Zabirko detalla cómo la literatura local y las narrativas oficiales contribuyeron activamente a formar y solidificar una identidad regional que, si bien incorporaba elementos ucranianos, fue progresivamente rusificada en su representación pública. Esta imagen de un Donbás monolítico y “separado” fue una herramienta política clave.

Primero, fue instrumentalizada por las élites locales en la Ucrania independiente; posteriormente, y de forma mucho más agresiva, por la propaganda del Kremlin a partir de 2014.

Un mito que sirvió para justificar la invasión. Zabirko subraya que la agresión rusa, iniciada en 2014, no fue la explosión inevitable de tensiones “naturales”, sino el resultado de una combinación de factores: intervencionismo ruso, debilidades del Estado ucraniano post-Maidán y, sobre todo, la activación deliberada, por parte de Moscú, de este mito regional.

La narrativa de un Donbás “oprimido por los nacionalistas de Kyiv” encontró resonancia porque ya existía un imaginario previo que lo diferenciaba del resto del país. Sin embargo, la realidad de la región siempre fue mucho más compleja y matizada.

El Donbás nunca fue cultural ni políticamente uniforme. La región albergaba y sigue albergando fuertes corrientes pro-ucranianas, identidades cívicas modernas y dinámicas, y una diversidad que desmiente la caricatura de una región enteramente rusoparlante y prorusa.

La propia invasión, con su consecuente devastación, ha alterado profundamente el tejido social de la zona. Se cuentan millones de desplazados, una vasta destrucción industrial y un replanteamiento forzoso de las identidades de sus habitantes.

El capítulo de Zabirko es fundamental porque evita tanto el romanticismo regionalista como las interpretaciones simplistas. No retrata al Donbás como una víctima pasiva ni como un traidor colectivo, sino como un espacio donde se concentran las grandes contradicciones de la historia ucraniana moderna: industrialización forzada, migraciones masivas, agresivas políticas de identidad soviéticas y la tensión constante entre el centro y la periferia.

En un momento crucial donde el futuro de los territorios ocupados sigue en debate, desmantelar el “mito del Donbás” es esencial. Zabirko propone repensar la reintegración de estas regiones no como la recuperación de un territorio “ajeno”, sino como la reconstrucción de un tejido nacional que siempre fue más plural de lo que las narrativas imperiales quisieron imponer.

Su análisis refuerza una idea central del libro Descubriendo Ucrania: el país no se divide entre un Este “ruso” y un Oeste “ucraniano”, sino que se configura como un mosaico de identidades regionales que, lejos de amenazar, enriquecen el proyecto nacional.

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