El origen de la controversia arqueológica
Un hallazgo fortuito en el sur de Chile ha puesto en jaque uno de los consensos más firmes de la arqueología continental. Monte Verde, considerado durante décadas el asentamiento humano más antiguo de América, es hoy objeto de un intenso debate académico tras la publicación de un estudio en la revista Science.
Todo comenzó en enero de 2022, cuando los investigadores Claudio Latorre y Todd Surovell visitaron la Región de Los Lagos. Durante un recorrido por el arroyo Chinchihuapi, detectaron restos de madera y turba incrustados en la gravilla que seguían la dirección de la corriente. Esta observación planteó una duda fundamental: ¿pudo el agua haber transportado material orgánico desde capas más antiguas hacia niveles superiores más recientes?
¿Un error en la cronología humana?
El equipo liderado por Latorre y Surovell sostiene que la datación de 14.500 años podría ser inexacta debido a la intervención del arroyo. Según su modelo, lo que se consideraba evidencia de ocupación humana temprana serían en realidad residuos orgánicos redepositados por el cauce natural.
El estudio propone que el sitio no sería anterior al Holoceno medio, es decir, entre 8.200 y 4.200 años atrás. Para respaldar esta tesis, los autores identificaron distintas terrazas formadas por procesos naturales donde materiales de distintas edades aparecen mezclados, algo que describen como imposible sin la intervención del transporte fluvial. Además, señalan la existencia de una capa volcánica de aproximadamente 11 mil años como un límite temporal infranqueable.
La defensa del equipo histórico
La respuesta del equipo original, encabezado por Tom Dillehay, fue tajante. Dillehay cuestionó la metodología utilizada, enfatizando que los autores del nuevo estudio nunca realizaron excavaciones físicas en el lugar.
Los autores no excavaron el sitio arqueológico; el análisis se realizó a distancia, afirmó Dillehay a La Tercera.
El investigador también puso en duda la interpretación sobre la evidencia volcánica presentada por Latorre y Surovell. Dillehay defendió la consistencia de los hallazgos originales, argumentando que elementos como las estructuras habitacionales, las huellas humanas y los restos orgánicos encontrados en el sitio no habrían podido sobrevivir o mantenerse integrados si hubieran sido arrastrados por una corriente fluvial.