El director de cine Jorge Olguín estrena este 22 de octubre su nueva película, Kalkutún, inspirada en el juicio a los brujos de Chiloé de 1880. El realizador aborda el horror a través de la condición humana, más que en criaturas fantásticas, y comenta los desafíos y logros de esta producción.
Olguín, conocido por obras como Ángel Negro (2000) y Sangre Eterna (2002), explica que la columna vertebral de Kalkutún son los testimonios orales del famoso juicio, rescatados por un cronista de la época y conservados en los archivos judiciales de la Biblioteca Nacional. Su objetivo fue traducir estas declaraciones, las cuales son lo más cercanas posible a lo ocurrido en el careo entre el fiscal y los acusados.
La película recrea una puesta en escena que incorpora elementos de las locaciones reales mencionadas en los testimonios, como Tenaún, Quicaví y las caídas de agua. Sin embargo, los elementos fantásticos y los relatos de la cosmovisión huilliche se transforman en ficción para la narrativa cinematográfica.
Para construir la trama, Olguín añadió dos arcos dramáticos que no figuran en los relatos originales. Uno es el personaje del fiscal, quien llega desde Santiago sin conocer Chiloé y, a través de su investigación, va descubriendo el mundo de los brujos y la existencia de la Recta Provincia, también conocida como La Mayoría o Tribunal de la Raza Indígena.
El segundo arco dramático es el de una niña cuyo abuelo ha sido condenado por brujería. A través de ella, el público accede al conocimiento y a los ritos ancestrales, mostrando así el mundo desde una perspectiva local. Estos dos mundos ficcionales se entrelazan con los testimonios históricos.
Chiloé, por su parte, se erige como un escenario ideal para el terror y lo oculto. Olguín destaca el clima extremo, las mareas cambiantes y la distancia entre sus islas como factores que crean una atmósfera propicia para las mitologías. Estas historias se mezclaron con leyendas célticas y se consolidaron, en parte, porque Chiloé fue el último bastión español en Latinoamérica y no reconocía inicialmente al Estado de Chile. Este aislamiento y particularidad cultural permitieron que sus creencias y leyendas se arraigaran profundamente.
La isla se convirtió en un compendio de seres mitológicos, como la Pincoya y el Trauco, que en ocasiones representan represiones sexuales. La brujería chilota, en particular, es una herencia de la cosmovisión huilliche fusionada con elementos católicos, lo que le otorgó un matiz más oscuro y sobrenatural. La niebla y la lluvia constantes de la zona contribuyen a esta atmósfera ideal de terror.
La película también explora el conflicto entre la cultura huilliche y la visión «santiaguina» o del poder central, así como los roces con los «chilenos». La Recta Provincia, aunque a menudo minorizada como una secta, operaba como un gobierno o estado paralelo con jerarquías y roles definidos, generando posibles abusos debido al conocimiento sobrenatural que ostentaban sobre otras personas.
En un contexto donde el Estado chileno estaba enfocado en la Guerra del Pacífico, Chiloé carecía de conexión con el continente, lo que intensificó su apego a la corona española y a la Iglesia. Este apego permitió que sus mitologías y creencias se arraigaran más profundamente y se mezclaran con leyendas o mitologías célticas, creando una atmósfera ideal para historias de terror y lo oculto.