La histórica advertencia de Nicolás Macchiavello en su obra El Príncipe, donde señalaba que nunca debía evitarse una guerra a costa de dejar que un conflicto empeorara, cobra hoy relevancia ante el reconocido fracaso de la política europea de contención frente a la Rusia de Putin. Esta reflexión, que contextualizó los errores de Luis XII de Francia al evitar un conflicto directo, resuena ahora mientras Europa enfrenta una escalada de tensiones.
Esta semana, mientras la Unión Europea aprueba la 21ª batería de sanciones contra Rusia, la situación en el flanco Oriental de la OTAN registra una serie de incidentes fronterizos. Este flanco se extiende por unos 3.500 kilómetros, desde el Mar Ártico hasta la frontera entre Turquía y Georgia, en la costa sur del Mar Negro, cubriendo regiones altamente militarizadas.
Entre los puntos de mayor tensión se encuentran el Mar Báltico, la frontera entre Rusia y los tres países bálticos, el enclave ruso de Kaliningrado, y el estratégico corredor Suwalki que conecta dicho enclave con Bielorrusia a través de Polonia. A esto se suma la región del delta del Danubio, donde confluyen las fronteras de Moldavia, Rumania y Ucrania, a solo 160 kilómetros de la crucial ciudad de Odesa.
En los últimos meses, se han multiplicado las patrullas de bombarderos nucleares rusos en cielos de Europa Occidental y los peligrosos sobrevuelos de aviones de combate sobre buques de la OTAN en el Báltico y el Mar Negro. Un incidente reciente involucró a un buque ruso realizando ejercicios con fuego real en el Canal de la Mancha.
Adicionalmente, se han registrado violaciones del espacio aéreo de la OTAN por parte de drones rusos, empleados para evaluar la velocidad de activación de los radares de la Alianza y los tiempos de respuesta de sus aviones de combate. La interrupción de aeropuertos como los de Bruselas, Copenhague o Leipzig por drones que “pierden el rumbo” se ha vuelto una rutina.
Existe un consenso entre políticos, analistas y militares sobre la peligrosidad de la situación y la alta probabilidad de un “error no deseado” o una provocación mal calculada. Incluso, hay indicios de que Rusia podría estar preparando una “operación de falsa bandera” para el próximo otoño europeo. El objetivo sería desencadenar un “conflicto limitado” calculado.
Este conflicto buscaría instrumentalizar la situación para que Europa suspenda su ayuda a Ucrania y formalmente reconozca las conquistas militares rusas en el Donbás y Crimea. La percepción actual es que el gobierno de Putin, insatisfecho con los resultados de la “operación militar especial” de 2022 y enfrentando una creciente incomodidad interna, busca nuevas vías para alcanzar sus objetivos estratégicos.
La situación actual sugiere un escenario de alta volatilidad, donde la dilación de un conflicto podría generar consecuencias más graves, replicando las advertencias históricas sobre los peligros de evitar la confrontación a toda costa.