Día del Padre: el decreto que lo instauró en dictadura y su menor festejo

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El Día del Padre en Chile, cuya conmemoración se celebra este domingo, tiene un origen particular: fue instaurado por un decreto supremo firmado durante la dictadura militar. Este hecho, de 1976, enlaza directamente con la inspiración global de la efeméride.

La primera mención formal y legal de esta celebración se remonta a 1908 en Estados Unidos. Fue impulsada por Sonora Smart Dodd, quien propuso honrar anualmente a los padres cada 19 de junio, fecha de cumpleaños de su propio progenitor.

El padre de Sonora, un veterano de la Guerra Civil, la crio en solitario tras la muerte de su madre. La iniciativa de Dodd buscaba no solo homenajearlo a él, sino también destacar a todos los padres abnegados que asumen la crianza de sus hijos.

En Chile, más de siete décadas después de la propuesta de Sonora, el festejo se oficializó. Un decreto supremo, fechado el 18 de octubre de 1976 y firmado en plena dictadura de Augusto Pinochet, estableció la fecha.

Dicho decreto no solo fijó el 19 de junio para el Día del Padre (aunque por razones comerciales se celebra el domingo más cercano), sino que también creó otras conmemoraciones como el Día del Anciano y del Abuelo (15 de octubre), el Día de la Mujer (8 de marzo), el Día de la Madre (10 de mayo), el Día del Niño (tercer miércoles de octubre) y el Día del Maestro (10 de diciembre).

A pesar de casi medio siglo de instauración, el Día del Padre no ha alcanzado la significancia del Día de la Madre en Chile. Esta última fecha es considerada una de las más importantes del año entre las familias, generando grandes reuniones y movilizaciones.

La trascendencia del Día de la Madre es tal que, si bien algunas instituciones escolares han comenzado a retirar sus celebraciones por un ejercicio de empatía hacia quienes no tienen a su progenitora, en la mayoría de los hogares chilenos la fecha es una institución.

Para muchas familias, incluso aquellas separadas geográficamente, el Día de la Madre es un motivo de reencuentro. Es común observar en las ciudades escenas de madres agasajadas y grupos familiares enteros reuniéndose en torno a la matriarca.

La razón de esta diferencia se puede apreciar en un estudio reciente. En mayo pasado, una encuesta del Instituto de Ciencias de la Familia de la Universidad de los Andes preguntó: “En caso de sufrir algún problema, ¿a quién de su familia pediría ayuda primero?”.

Las respuestas, agrupadas por rango etario, mostraron una marcada preferencia por la figura materna. Entre los jóvenes de 18 a 34 años, el 49% eligió a la madre. En el grupo de 35 a 54 años, la madre obtuvo el 31%.

Solo los mayores de 55 años se inclinaron por hijos y hermanos como primera opción. La figura paterna, por su parte, se ubicó en el cuarto lugar en todos los rangos de edad, evidenciando una menor relevancia como pilar de apoyo.

Esta «fascinación nacional por la figura materna, por sobre la paterna» se puede ilustrar con el caso de Bernardo O’Higgins Riquelme (1778-1842), el llamado “padre de la patria”.

O’Higgins, hijo natural de Ambrosio O’Higgins (gobernador de Chile y virrey del Perú), nació en Chillán Viejo en 1778. Creció al margen de su progenitor directo, quien en 1782 lo envió a Talca a la casa del comerciante Juan Albano Pereira, donde fue bautizado y criado por Bartolina de la Cruz.

Aunque Ambrosio O’Higgins lo reconoció ante la Iglesia en su acta de bautizo, y en 1788 ordenó su envío a Chillán para estudiar en el Colegio de Naturales —apoyando así la educación de su hijo con un evidente parecido físico—, su presencia en la crianza fue distante.

Posteriormente, Bernardo continuó sus estudios en Lima (Colegio de San Carlos), luego en Cádiz (España) y Londres (Inglaterra), donde recibió instrucción en una academia de Richmond. A temprana edad, era conocido despectivamente como el “Huacho Riquelme”.

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