A 56 años de su estreno, la obra Flores de Papel del fallecido dramaturgo chileno Egon Wolff, Premio Nacional de Artes de la Representación 2013, vuelve a escena para entregar nuevas lecturas sobre la sociedad. La pieza, dirigida por Francisco Krebs, confronta las realidades de distintos estratos sociales a través de la relación entre una mujer de clase media, Eva, y un mendigo, El Merluza.
La obra retrata la perspectiva crítica de Wolff sobre el sector acomodado al que pertenecía, exponiendo datos emocionales y valóricos de un mundo que ignoraba las dificultades de quienes vivían “al otro lado del río”, una metáfora de la pobreza, el abandono y la miseria. El texto instala el miedo en la interacción entre Eva, una mujer solitaria, y El Merluza, quien se las ingenia para permanecer en su hogar de forma permanente.
En esta nueva puesta, los personajes de Eva y El Merluza son interpretados por los actores Camila Hirane y Felipe Zepeda, quienes dan vida a una pareja más joven que la sugerida en el relato original. La obra trasciende el plano social y político para adentrarse en vertientes existenciales y otras más sombrías, explorando la tensión entre mundos opuestos.
Aunque El Merluza se presenta inicialmente atento y simpático, consciente de su marginación social, el personaje revela una fuerza psicológica y política demoledora. Wolff construye un duelo de tensiones donde la marginalidad se convierte en herramienta para desmantelar la comodidad burguesa de Eva, utilizando un lenguaje punzante, irónico y desafiante.
La interpretación de Felipe Zepeda como El Merluza destaca por su amenazante carga de matices y su manejo de los tiempos en la manipulación psicológica, apoyado por su expresividad corporal. Esto genera un desequilibrio en la dinámica con Camila Hirane, cuya actuación exhibe gran potencia dramática, aunque su Eva parece centrarse más en una necesidad sentimental, restando profundidad a la fractura interna y el terror que el personaje debería experimentar.
La escenografía crea un ambiente opresivo que envuelve a los personajes, con objetos cotidianos que reflejan el buen pasar de Eva y su vulnerabilidad, acentuada por las flores de papel que El Merluza va creando. La propuesta suma una intervención audiovisual que refuerza la dualidad del personaje y culmina con una metáfora del derrumbe total.
Este montaje representa un homenaje a Egon Wolff en el centenario de su nacimiento, reactualizando el valor de un dramaturgo nacional y ofreciendo una reflexión sobre la sociedad chilena que invita a la autocrítica.