El Misterioso Padrinazgo Presidencial: Cuando el Séptimo Hijo se Convierte en Ahijado del Presidente

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En Chile, existe una norma poco conocida pero vigente que establece que el séptimo hijo o hija de una familia puede ser amadrinado o apadrinado por el presidente en ejercicio. Esta práctica, que mezcla lo simbólico con lo legal, tiene sus orígenes en una tradición centenaria con tintes casi mágicos y un curioso trasfondo europeo.

El Padrinazgo Presidencial

Al parecer, la costumbre llegó desde países como Argentina o Rusia, donde se creía que el séptimo hijo varón podía convertirse en «lobizón», un ser que se transforma en lobo en las noches de luna llena, a menos que fuera bendecido por el padrinazgo presidencial. En Chile, aunque sin lobizones de por medio, el rito fue tomando fuerza en el siglo XX, hasta que el presidente Arturo Alessandri Palma, conocido como el «León de Tarapacá», comenzó a apadrinar personalmente a los séptimos hijos. La tradición se mantuvo a lo largo de los años, entre discursos y abrazos en ceremonias íntimas y conmovedoras.

De Tradición a Normativa Legal

No fue sino hasta el año 1976, y luego actualizado en 2002, que el apadrinamiento presidencial se convirtió en normativa legal, abriendo la posibilidad de solicitarlo formalmente al Ministerio del Interior. Desde entonces, quien sea el séptimo hijo o hija de un mismo matrimonio puede acceder al beneficio, que incluye una beca de estudios, un diploma firmado por el jefe de Estado, y el título de «ahijado del presidente», un honor que no figura en el currículum, pero sí en la historia familiar.

Un Gesto Simbólico en Tiempos Modernos

Uno de los últimos casos ocurrió en 2013, cuando el entonces presidente Sebastián Piñera viajó hasta Ovalle para apadrinar al pequeño Benjamín, séptimo hijo de una familia nortina. El mandatario lo abrazó y le regaló una medalla. Fue un acto sencillo, pero lleno de simbolismo. Desde entonces, no se han registrado nuevas ceremonias, quizás porque los tiempos han cambiado y ya no es tan común tener siete hijos.

Sin embargo, el que no se repita con frecuencia no significa que la tradición haya muerto. Ahí sigue silenciosa, pero vigente, como tantas historias escondidas de nuestra institucionalidad. Es una ley curiosa, sí, pero también una ventana a nuestra historia cultural, a un Chile que se tomaba en serio las tradiciones, las familias grandes y los gestos simbólicos. Tal vez, algún día, cuando nazca otro séptimo hijo o hija, y alguien recuerde esta antigua costumbre, volveremos a ver a un presidente extender la mano y decir «soy tu padrino».

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